Hace ya más de 20 años, el antropólogo francés Marc Augé publicó su muy citado libro “Los no lugares, espacios del anonimato”. En él, proponía una lectura de ciertos espacios definidos por la transitoriedad. En palabras más sencillas, hay lugares por los que solemos transitar comúnmente pero con los que no generamos mayor vínculo, no hay una historia ni una identidad común entre ellos y nosotros. Desde esa perspectiva, los aeropuertos, las salas de espera, los supermercados, los andenes del metro, son todos no-lugares; pero lo son sobre todo los hoteles.

Heredado de la tradición literaria, el viaje en el cine es un argumento recurrente y, todo personaje que lo emprende tendrá por necesidad que buscar un refugio transitorio. Hoy día hay hoteles para todos los gustos: temáticos, familiares, furtivos, decadentemente lujosos y los de antiséptico diseño futurista; pero en todos ellos el anonimato ampara a sus huéspedes y la noción de hospedaje les otorga una vibra liberadora fascinante, por eso todos terminan guardando secretos para siempre. Hagan sus reservaciones:

5. Bates Motel · Psycho (1960)
La fama del Bates bien le ha valido su propia serie de televisión.

La fama del Bates bien le ha valido su propia serie de televisión.

Ocupa el quinto lugar no de modo peyorativo, sino justamente por inaugurar toda una era de hoteles espantosos en el séptimo arte. Para los entendidos, con Psycho empieza el período de la modernidad en el cine. Sobre todo porque Hitch proporcionó nuevas reglas en el juego del terror y lo trajo a los espacios más íntimos posibles. Tomar una ducha jamás fue lo mismo desde entonces. El terror y el miedo que casi siempre estaban asociados con lo foráneo, lo desconocido, lo exterior; ahora se encontraban en el espacio donde la gente debería sentirse más a gusto, digamos… desnudándose. Nunca nadie estuvo más expuesto que la pobre Marion ante los ojos de Norman, y por supuesto, a los de su madre. Lo más interesante del Bates, es que es un motel de carretera, todo un ícono de las road movies, sobre todo de esas tan asociadas a la América profunda, de la que también forma parte el infame motel de Leaving Las Vegas.

4. Hotel Mon Signor · Four Rooms (1995)
La víspera de Año Nuevo no es un buen día para comenzar a trabajar en un hotel.

La víspera de Año Nuevo no es un buen día para comenzar a trabajar en un hotel.

Este largometraje formado por cuatro cortos de diferentes directores es un clásico pop noventoso. En él la idea de cada habitación es un mundo cobra sentido definitivo. Tim Roth es el botones a cargo del Mon Signor durante la víspera de Año Nuevo y como parte del hotel, es el único vínculo entre todas las historias. Aquelarres, matrimonios enfermizos, directores egocéntricos, niños infernales, de todo hay en este hotel. La curiosidad que provocan siempre las historias corales con sus personajes encerrados en pequeñas cajas, es de las cosas más atractivas de esta peli. Y además ofrece memorabilia enternecedora: Madonna interpretando a una bruja y Robert Rodríguez dirigiendo a niños fuera de control. Más nunca volvimos a ver de estas. El huevo de pascua escondido es que Tarantino dirige una de las “habitaciones” y este año lo volveremos a ver junto con Roth en The Hateful Eight.

3. Overlook Hotel · The Shining (1980)
Ese punto de fuga que queremos evitar al salir de nuestra habitación.

Ese punto de fuga que queremos evitar al salir de nuestra habitación.

Después del Bates, el Overlook es sin duda el hotel más famoso por su fea costumbre de procurar en sus instalaciones toda clase de fechorías. La autora Nuria Vidal, habla de la suspensión del tiempo en estos espacios. El viajero ha encontrado techo por un tiempo determinado, casi siempre finito, de paso. Otra vez, transitorio. Además, el hotel en términos conceptuales no le pertenece a nadie. Pueden asignarte una habitación -que obviamente no es tuya-, pero tampoco de nadie más. Estas dos características lo hacen entonces el escenario perfecto del crimen: Primero porque permite el anonimato, incluso la huida si se quiere, y, sus habitaciones son espacios carentes de personalidad, en los que según la misma Vidal, es mucho más sencillo quitarle la vida a alguien. Dicho esto, ya todos conocemos lo que puede provocar el Overlook. Entre sus features están el mantener vivos toda clase de espectros (víctimas y victimarios por igual), provocar agitación en las mentes más susceptibles e invitar al asesinato de los seres queridos. Si el Bates tiene una serie de televisión, al Overlook le ha tocado el honor de tener su propio film, el documental: Room 237, que no sólo es una radiografía del minucioso trabajo de Kubrick sino que se permite también, mostrarnos la arquitectura imposible sobre la que se erige este ícono hotelero.

2. Earle Hotel · Barton Fink (1992)
Hoteles y escritores, una tremenda historia de (des) amor.

Hoteles y escritores, una tremenda historia de (des) amor.

Barton Fink es una de las -varias- masterpieces firmadas por los Hermanos Coen, una peli cuyos atributos no son pocos. Es fascinante porque se inscribe dentro de esa tradición de cine dentro del cine, pues escenifica cómo funcionaba el sistema de estudios americanos en el esplendor de Hollywood y sobre todo, cómo el escritor era uno de los eslabones más débiles de esa larga cadena de producción. Fink, como Jack Torrance, termina encerrado en una habitación de hotel forzado a escribir, en este caso un guión cinematográfico. El Earle Hotel le ofrece un botones diligente, interpretado por Steve Buscemi y un vecino de habitación fascinante: Un John Goodman convertido en asesino serial. El Earle es de nuestros favoritos y casi encabeza la lista, por una razón fundamental: es capaz de somatizar sus deseos, intenciones y estados de ánimo. Si el Overlook tenía una influencia poderosa en sus huéspedes, el Earle simplemente está vivo. El papel tapiz de sus paredes siempre está desfalleciendo, se encarga de mantener ordenados los zapatos de sus huéspedes y podrá hacer combustión espontánea a voluntad. El Earle nos hace dudar no sólo de su propia existencia sino también de la nuestra.

1. The Grand Budapest Hotel (2013)
“The Society of the Crossed Keys” es un símil adorable de entrega y disposición de los ‘consierges’ hoteleros hacia sus huéspedes, pero sobre a los de su oficio. Si alguna vez ha sentido ese desasosiego de la inminente llegada del servicio de limpieza, sabrá que no mentimos cuando hablamos de la vida propia de los hoteles, nuestros no-lugares favoritos.

“The Society of the Crossed Keys” es un símil adorable de entrega y disposición de los ‘consierges’ hoteleros hacia sus huéspedes, pero sobre a los de su oficio. Si alguna vez ha sentido ese desasosiego de la inminente llegada del servicio de limpieza, sabrá que no mentimos cuando hablamos de la vida propia de los hoteles, nuestros no-lugares favoritos.

El puesto de honor se lo lleva el Budapest, no sólo en un gesto absolutamente arbitrario de quien escribe, sino porque contradice el enunciado con el que comenzó este conteo. La fascinación de Anderson por este tipo de (no) lugares es una constante en su filmografía. El hotel donde -por primera vez- le toca trabajar a Royal Tenenbaum junto con su fiel Pagoda, el tren-hotel de Darjeeling Limited, el Chevalier que guarda el amorío entre Portman y Schwartzman, e incluso el propio barco de Steve Zissou, son todos ámbitos del viajero, de lo pasajero. Y este leitmotif encuentra su epítome en el Gran Budapest, un hotel que bien vale la pena una peli entera. El Budapest recoge la fascinación del director por ciertos espacios -de nuevo- atrapados en el tiempo y con un período difícil de atribuir. El film, contado a través de los recuerdos de sus personajes permite además, repasar la evolución del hotel como un espacio vibrante por la cantidad y colorido de sus huéspedes, hasta su decadencia moderna en una época en la que no interesa ni la herencia ni la tradición. En este hotel sí se generan relaciones duraderas, Zero es el testimonio fiel de ello. Encontró en M. Gustave la figura paterna que había perdido (en una constante por cierto, del cine de Anderson) y además conoce al amor de su vida, Agatha. Zero hereda el hotel y es incapaz de venderlo aunque de él sólo quede un pálido reflejo de lo que fue, pero en sus propias palabras, es el único recuerdo que conserva de su amada. El lugar donde pasaron los años más felices de sus vidas. Breves, sí, como toda instancia en uno de estos no-lugares, pero definitivos.

columna Malena Ferrer es directora y editora audiovisual. Profesora de Cine en la Universidad Monteávila desde el 2008. Comunicadora Social egresada de la Universidad Católica Andrés Bello.

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