Cuando la Academia decidió premiar a Martin Scorsese por The Departed, programó que George Lucas, Steven Spielberg y Francis Ford Coppola, le entregaran la estatuilla. La salida del trío hizo que todos enloqueciéramos y anticipáramos que el premio sería para Marty. Y enloquecimos por una razón, apenas ellos cuatro representan una generación sagrada de cineastas. Una generación a la que Bogdanovich le abonó el terreno, para que terminaran sumándose Brian de Palma, Robert Altman, John Milius, Paul Schrader y una lista extendida de productores, editores, guionistas y actores que dieron forma al cine americano contemporáneo. Fue la generación que se hartó de los musicales de Barbra Streisand y declaración de principios mediante, prometió más y más películas del color de la sangre. Formados a la luz de los franceses de la Nueva Ola e intoxicados con napal (y otras sustancias), ofrecieron al mundo Taxi Driver, El Padrino, Carrie. Pero también nos dejaron Jaws y Star Wars.

Y con esas dos pelis Spielberg y Lucas patearon el tablero, re ordenando una dinámica que había prometido películas “artísticas” con preocupaciones legítimas que servirían para canalizar la frustración de la era Reagan, la frustración del fracaso de Nam’. Pero Steven y George se diferenciaban de sus colegas por ser retraídos, abstemios y torpes en asuntos románticos. La brecha se hacía aún más profunda cuando aclaraban que habían sido formados por la tele más que en las salas de cine. Con esas dos corrientes en un mismo flujo generacional, es que la historia del cine cambió para siempre.

He aquí cinco anécdotas sacadas del fundamental libro de Peter Biskind, “Easy Riders, Raging Bulls. How the sex-drugs-and-rock n´roll generation saved Hollywood” para contextualizar, una vez más, el estreno de Star Wars : The Force Awakens.

Annikin Starkiller.

Lucas pasó dos años y medio escribiendo el guión de Star Wars, Anakin no siempre se llamó así y cada vez que tipeaba Chewbacca lo hacía de manera distinta. Lo único que buscaba era crear una historia moral acerca del bien y el mal, con personajes bidimensionales basados en arquetipos diáfanos, reconocibles, con conflictos presentados en su versión más simplificada posible. Lucas quería remitir a las series sci fi low budget de los años treinta, a las capas y los disfraces de Flash Gordon. Lucas quería sobre todo, hacer una película para niños.

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“This is a Disney movie”.

Sin duda lo que más se le reprocha al director es haberse ‘vendido’ a(l) (imperio) Disney. En realidad, es un gesto de lo más congruente. Lucas siempre concibió Star Wars como una película Disney. Él siempre pensó que una película familiar era no sólo pertinente sino necesaria en el momento más fallido de la invasión americana en Vietnam. Las películas de sus amigos, no hacían más que agitar el avispero y sumergían al espectador en historias muy densas de tipos alienados, niñas traumadas, dramas shakesperianos remozados y animales marinos buscando venganza. Todos con subtextos políticos deudores del momento histórico. Ante el baño de sangre y semen de sus panas, George decidía envolver el pecho de Carrie Fisher con teipe de electricistas. No habrían bubis rebotando en el espacio, como marcó la propia Fisher. ¿Por qué? Porque Star Wars siempre fue una peli Disney.

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“Who are these fuzzy guys?”

La primera proyección que Lucas hizo para sus amigos terminó en un restaurante chino. Allí, Brian de Palma, le destrozó la peli a George entre dumpling y dumpling. Según cuenta el propio Biskind, Lucas muy disciplinadamente tomó notas en silencio de todo aquello que De Palma le señalaba: ¿Qué es eso de la fuerza? ¿Quiénes son esos tipos peludos? ¿Qué clase de película estás haciendo? De Palma, no hacía sino recoger el sentimiento del resto de los amigos del grupo. Marty, Francis, como el propio De Palma, entendían que el genio de Lucas no podía desperdiciarse en una película familiar. Entendían que el creador de THX 1138 estaba para hacerse cargo de Apocalypse Now y no para dirigir a actores disfrazados del hombre de hojalata. El reclamo jamás cambió. Aún ahora, días antes del estreno, Coppola declaró que le sigue resultando una lástima que su amigo entrañable se haya entregado a SW dejando a un lado su faceta más experimental.

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“Send money. Francis”.

Coppola fue la figura paterna en la que George se abrigó desde sus días en la escuela de cine. Coppola le financió American Graffiti y a pesar del enorme éxito comercial que el filme tuvo, el director de El Padrino, no se benefició de ese viento a favor en la taquilla. De esa primera y fallida proyección de SW, el único que pudo avizorar lo que venía fue Steven Spielberg: “George, es grandiosa. Hará 100 millones de dólares”. El siguiente visionado, con efectos especiales añadidos y sobre todo con el diseño y mezcla de sonido que harían particularmente famosa a la saga, terminaron por darle la razón a Spielberg. La gente levantaba los brazos, le gritaban cosas a los personajes y enloquecían con la aparición de último minutode Han Solo. El trabajo estaba hecho. Lo que sucedió después es historia conocida. Con los cálculos de las primeras semanas, George y sus esposa, la editora Marcia Lucas, sabían que se habían hecho millonarios. Y con esas largas colas a las afueras de los cines, llegó el telegrama de Francis: “Envía dinero”. Fue hora de regresar el favor de THX y American Graffiti a su amigo que ahora estaba tratando de financiar la peli que George no había querido dirigir, Apocalisis Ahora.

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“We are the children of Lucas, not Coppola”.

Con las ganancias masivas de Tiburón, Spielberg sentó la noción de blockbuster. La noción del gran estreno del verano destinado a llevar a miles de personas a las salas de cine. El best seller como fuente inagotable y su explotación para llenar la cartelera. Lucas llevó eso a niveles estratosféricos, no sólo superó los cien millones que Spielberg había predicho, sino que entendió el potencial del concepto de “saga” en el género de ciencia ficción y fantasía; anticipó las Harry Potter, los Crepúsculos, los Juegos del Hambre, anticipándolos pero superándolos en la medida que SW es una creación primariamente cinematográfica, sin dependencias literarias. Entendió la importancia del diseño sonoro, del merchandising, y sobre todo de cómo negociar con los estudios para jamás volver a ser coartado por ellos. Lucas pudo haber hecho cualquier cosa con el éxito y el dinero que SW le brindó, pero decidió seguir “haciendo” una única cosa: Star Wars. Los mismos reclamos de Coppola se los hacen sus fanáticos, los críticos, los cinéfilos. Quien descubre una joyita como THX siempre termina fantaseando con lo que pudo haber sido otro George Lucas después de SW. Pero la verdad es que somos sus hijos y no los de Coppola. La generación de los deer hunters, de los coroneles Kurtz, de los taxistas, esa es la que no somos. Nuestro enamoramiento con Guardianes de la Galaxia siempre tendrá más que ver con que Groot nos remite a Chewbie que con la soledad y alienación de los anti héroes que son en sí mismos los guardianes.

 De lo mejor de la gira de medios de SW7, esta entrevista con la genia de Carrie Fisher, quien la tiene más clara de todos.


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columna Malena Ferrer es directora y editora audiovisual. Profesora de Cine en la Universidad Monteávila desde el 2008. Comunicadora Social egresada de la Universidad Católica Andrés Bello.

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